No me dejasteis presentar mi libro,
porque mis libros no pagan putas ni guerras
ni dan casa a los que vienen en patera
para que os sintáis buenas personas.
La solidaridad del algoritmo,
programada y bífida,
se cobra una alta tasa
de daños colaterales.
Vaciáis con urnas países de gente
tras pasarles un rodillo de fuego
y me escupís cuando maldigo
la tierra quemada que pagáis con gusto.
Os están robando las calles
y han conseguido finalmente
que os sintáis culpables por ello.
Todo anda boca abajo y hacia atrás.
Recordáis lo que nunca ocurrió,
pronosticais lo que nunca ha ocurrido
y esperáis a que venga lo que ya está aquí,
y cuyo nombre olvidasteis por miedo
a la posibilidad de vuestra voz discordante,
una voz de curso diferente, desafinada.
No podéis resolver vuestras grietas,
únicas y de nadie más,
y decidís con furia despechada
cambiarnos la historia a todos.
Estudiando las pequeñas grietas del azulejo,
puede que alabando su belleza casual
pero matemática:
así se nos está cayendo la casa encima.
Todavía no he matado a nadie,
decís bromeando
con el tenedor goteando sangre,
fantaseando además en vuestro rencor.
Habláis de la luz
y de una ausencia de límites,
y lo hacéis con la esperanza confusa
de que las palabras basten
para derribar la celda
desde la que protestáis tan cómodamente.
Los gritos suenan más fuertes
cuanto más pequeños son sus muros.
Siempre dispuestos a romper
la lógica de las escaleras
y colgar los espejos cabeza abajo.
Siempre en el lado incorrecto de la historia,
en la quinta columna desnortada.