Llevo una pala en el coche siempre,
con la que retiro del asfalto
en carreteras secundarias
animales reventados
por exceso de civilización.
Por eso me resulta tan fácil
apartar de mi camino
tantas cosas que mueren.
Sólo este mes he retirado
un zorro, tres liebres, un tejón.
Qué carnicería.
Me pongo cada vez el chaleco
para ser visto por los imbéciles
que no ven mas allá
de su carrocería,
que sólo ven su pedal
y que llegan tarde siempre
a todo en la vida:
las cosas del retraso.
Aparto el coche en un sembrado,
camino por el arcén
si la cuneta está embarrada.
Llego al dibujo partido
del pobre animal roto,
como este mundo roto,
con una mueca grotesca
en lo que fuera un rostro,
la mueca de un presidente
impreso en un billete o moneda.
A veces me dan arcadas
cuando introduzco
bajo el cuerpecillo desconyuntado
la pala y me acuerdo de la mermelada
que unté en el pan en la mañana,
hace una eternidad.
Me endurezco y nervudo catapulto
una carcasa desastrada
por encima de un vallado,
o lejos a los surcos,
donde no haya un nuevo riesgo
de absurdo y sangre,
donde un ratonero o un buitre
estén a salvo,
donde no deba volver a bajarme
del coche armado con una pala
otra vez, y otra vez volver
a odiaros tanto
al levantar un cadáver inocente
del alquitrán culpable.
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